
Hay un cansancio que no se disuelve con el sueño.
Podés cerrar los ojos,
apagar la luz,
entregar el cuerpo al descanso…
y aun así, despertar con la misma pesadez,
como si algo en vos hubiera permanecido despierto.
Porque no es el cuerpo el que está agotado.
Es algo más profundo,
más íntimo,
más difícil de señalar con precisión.
Es el desgaste invisible de pensar más de lo necesario,
de sentir más de lo que se puede sostener,
de cargar con aquello que nunca encontró un lugar donde descansar.
Es el peso de lo que no dijiste,
de las palabras retenidas,
de los gestos interrumpidos,
de todo aquello que fingiste no sentir
para poder seguir.
Y eso no se apaga.
No obedece al descanso,
ni a la distracción,
ni al paso ordenado de las horas.
Eso se acumula.
Se deposita en lo más silencioso de uno mismo,
como una capa que no se ve,
pero que lentamente lo vuelve todo más denso.
Por eso aparece en esos momentos en los que todo parece calmarse,
cuando ya no hay ruido,
cuando las excusas se apagan,
cuando la noche deja al descubierto lo que el día logra disimular.
Y ahí, en ese espacio desnudo,
sin interferencias,
sin refugios,
te encontrás con eso que venís sosteniendo hace tiempo
sin haberlo nombrado del todo.
No es sueño.
Es el cansancio de haber sentido demasiado
durante demasiado tiempo.
Hay un cansancio que no se disuelve con el sueño.
Podés cerrar los ojos,
apagar la luz,
entregar el cuerpo al descanso…
y aun así, despertar con la misma pesadez,
como si algo en vos hubiera permanecido despierto.
Porque no es el cuerpo el que está agotado.
Es algo más profundo,
más íntimo,
más difícil de señalar con precisión.
Es el desgaste invisible de pensar más de lo necesario,
de sentir más de lo que se puede sostener,
de cargar con aquello que nunca encontró un lugar donde descansar.
Es el peso de lo que no dijiste,
de las palabras retenidas,
de los gestos interrumpidos,
de todo aquello que fingiste no sentir
para poder seguir.
Y eso no se apaga.
No obedece al descanso,
ni a la distracción,
ni al paso ordenado de las horas.
Eso se acumula.
Se deposita en lo más silencioso de uno mismo,
como una capa que no se ve,
pero que lentamente lo vuelve todo más denso.
Por eso aparece en esos momentos en los que todo parece calmarse,
cuando ya no hay ruido,
cuando las excusas se apagan,
cuando la noche deja al descubierto lo que el día logra disimular.
Y ahí, en ese espacio desnudo,
sin interferencias,
sin refugios,
te encontrás con eso que venís sosteniendo hace tiempo
sin haberlo nombrado del todo.
No es sueño.
Es el cansancio de haber sentido demasiado
durante demasiado tiempo.
Y tal vez no haya nada que corregir,
ni nada que entender del todo.
Tal vez ese peso no sea un error.
Tal vez sea la huella silenciosa
de todo lo que en vos
sigue vivo.
Si esto resonó con vos, escribí algo más profundo hace un rato:
👉 (“el peso de estar vivo…”)
Ramiro M. Castro
#AmorEntreEstrellas
