El peso de lo que no decís: cuando el silencio también cansa

Hay un cansancio que no se explica con el cuerpo.
No es falta de sueño.
No es agotamiento físico.

Es el peso de todo lo que venís sosteniendo en silencio.

Hay un cansancio que no proviene del cuerpo, ni del paso del tiempo, ni siquiera de las exigencias visibles de la vida.

Es un cansancio más íntimo, más callado, más difícil de explicar: el de sostener en silencio todo aquello que no se dice.

Porque callar no es vacío.

Callar también es una forma de cargar.

Cada palabra que no pronunciás, cada emoción que retenés, cada verdad que decidís ocultar —por miedo, por cuidado, por costumbre— no desaparece. Permanece. Se queda en algún lugar de vos, acumulándose con una paciencia casi imperceptible, como si supiera que tarde o temprano va a hacerse sentir.

Y lo hace.

A veces en forma de tensión inexplicable.

A veces como una incomodidad persistente que no lográs nombrar.

Otras veces como una tristeza difusa, sin causa aparente, que aparece en los momentos más inesperados.

Porque lo no dicho no se evapora.

Se transforma.

Se convierte en peso.

Hay palabras que no dijiste por miedo a perder.

Otras que guardaste para no herir.

Algunas que evitaste porque no sabías cómo iban a ser recibidas.

Y otras, quizá las más profundas, que ni siquiera lograste entender del todo, pero que igualmente sentiste.

Todo eso queda.

Se aloja en lo más interno, en ese espacio donde la conciencia se encuentra consigo misma sin testigos. Y desde ahí empieza a ejercer una presión silenciosa, constante, casi imperceptible al principio, pero inevitable con el tiempo.

El problema no es callar una vez.

El problema es convertir el silencio en hábito.

Porque cuando eso ocurre, uno empieza a acostumbrarse a sostener lo que pesa. A convivir con una carga que, poco a poco, deja de percibirse como algo externo y empieza a confundirse con la propia forma de estar en el mundo.

Y entonces el cansancio deja de ser un momento.

Se vuelve un estado.

Un modo de habitarse.

Lo paradójico es que, muchas veces, ni siquiera sabemos exactamente qué estamos sosteniendo. Solo sentimos el peso. Solo percibimos esa densidad interna que no se alivia ni con descanso, ni con distracciones, ni con cambios de escenario.

Porque no es el afuera lo que está saturado.

Es el adentro.

Tal vez por eso hay momentos, generalmente en la quietud, en la noche, en esos espacios donde ya no hay ruido que nos distraiga, en los que algo parece querer salir. Como si lo que fue contenido durante tanto tiempo buscara, finalmente, una forma de existir.

Pero incluso ahí dudamos.

Porque decir lo que sentimos no es sencillo.

Implica exponerse.

Implica romper una imagen.

Implica aceptar que tal vez, después de decirlo, algo cambie.

Y el cambio, aunque necesario, siempre inquieta.

Sin embargo, hay algo que conviene recordar, aunque incomode:

no todo lo que callás te protege.

A veces, el silencio no es refugio.

Es encierro.

Y sostener demasiado tiempo lo que no se dice no te vuelve más fuerte.

Te vuelve más pesado.

Más distante de vos mismo.

Más ajeno a lo que realmente te habita.

Tal vez no se trate de decirlo todo de golpe.

Ni de convertir cada emoción en palabra inmediata.

Pero sí de empezar, aunque sea de a poco, a darle lugar a aquello que insiste en existir dentro tuyo.

Porque hay una diferencia profunda, y muchas veces olvidada, entre guardar algo y vivir cargándolo.

Y no todo está hecho para ser sostenido eternamente.

Algunas cosas necesitan ser dichas.

No para los demás, sino para uno mismo.

Porque hay un momento, inevitable, preciso, casi inevitablemente humano, en el que el peso deja de ser soportable y se vuelve revelador.

Y ahí, justo ahí, en ese instante donde lo que callabas empieza a hacerse insoportable, se abre una posibilidad distinta.

La de dejar de sostener.

La de soltar, no como un acto de debilidad, sino como una forma más honesta de existencia.

Porque quizás el verdadero descanso no está en dormir más, ni en escapar, ni en distraerse.

Está en dejar de cargar lo que nunca debiste sostener en soledad.

Y en ese gesto, pequeño, silencioso, profundamente valiente, algo dentro tuyo, por fin, empieza a respirar.

Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)

Si este texto te hizo sentido, quizás no es casual.
Hay cosas dentro tuyo que ya están pidiendo ser escuchadas.

Podés seguir leyendo acá: https://amorentreestrellas.com

Y si algo de esto te resonó, dejalo en los comentarios.
Te leo.

Deja un comentario