
Hay una forma de vacío que no duele…
pero te aleja de vos.
Hay silencios que no hacen ruido, pero pesan.
No llegan como la tristeza, que irrumpe, que se nombra, que se reconoce,
ni como la angustia, que aprieta, que asfixia, que exige ser escuchada.
Este es distinto.
Es un silencio más prolijo.
Más ordenado.
Más engañoso.
Un silencio que se disfraza de normalidad.
Seguís con tu vida.
Hablás, respondés, cumplís.
Te movés en los mismos espacios, repetís gestos conocidos, sostenés conversaciones que ya sabés de memoria.
Y sin embargo…
algo no está.
No falta una emoción en particular.
Falta la intensidad de sentir.
Como si todo hubiera perdido espesor.
Como si la realidad se hubiese vuelto más liviana… pero también más ajena.
No es vacío.
Es distancia.
Distancia entre lo que hacés y lo que sos.
Entre lo que mostrás y lo que callás.
Entre la vida que sostenés… y la que, en algún momento, te hacía vibrar.
Y lo más inquietante es que no sucede de golpe.
Nadie se despierta un día completamente desconectado.
Es un proceso silencioso.
Casi imperceptible.
Empieza cuando cedés en pequeñas cosas.
Cuando elegís lo correcto por sobre lo auténtico.
Cuando te adaptás para no incomodar.
Cuando empezás a postergar eso que te hacía sentir vivo, con la promesa, siempre futura, de volver después.
Pero ese “después” rara vez llega.
Y mientras tanto, algo en vos se va retirando.
No muere.
No desaparece.
Se aleja.
Como si se sentara en el fondo de tu propia vida…
a observarte vivir sin participar.
Entonces llega ese momento, inevitable,
en el que te preguntás qué te pasa.
Y no encontrás palabras.
Porque no es una herida.
No es una pérdida concreta.
No es algo que puedas señalar.
Es más sutil.
Es la sensación de haberte quedado afuera de vos mismo.
Y ahí aparece la confusión.
La idea de estar perdido.
La sospecha de que algo se rompió.
Pero no.
No estás roto.
No estás vacío.
Estás desconectado.
Desconectado de aquello que, en algún momento, te hacía sentir que estabas realmente acá.
Y volver no es una cuestión de tiempo.
Ni de suerte.
Ni de que algo externo cambie.
Volver implica algo mucho más incómodo:
dejar de vivir en automático
y empezar, otra vez, a escucharte.
A veces no te falta algo afuera…
te falta volver a habitarte.
Si esto te hizo ruido, hay algo más que necesitás leer:
👉 “Hay cosas que ya sabés… pero todavía no querés aceptar”
👉 “No es que estés perdido… es que ya no sos el mismo”
Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)

No estás vacío… estás lejos de lo que te hacía sentir vivo.