
La mente necesita explicarlo todo.
A veces no hiciste nada mal.
A veces solo estás interpretando todo desde vos.
Y eso, aunque parezca inevitable, distorsiona.
No porque haya algo defectuoso en tu forma de mirar,
sino porque la mente humana no tolera bien el vacío de sentido.
Necesita explicar.
Necesita cerrar.
Necesita encontrar una causa, incluso cuando no la hay.
Entonces interpreta.
Si alguien se aleja, asumís que hiciste algo mal.
Si alguien cambia, sentís que dejaste de ser suficiente.
Si alguien calla, llenás ese silencio con lo que más temés.
No es arrogancia.
Es una forma de defensa.
Porque aceptar que no todo gira en torno a vos
implica aceptar algo más incómodo todavía:
que hay cosas que no podés controlar ni comprender del todo.
Y eso inquieta.
El mundo interno busca coherencia.
Y cuando no la encuentra, la inventa.
Completa los espacios vacíos con fragmentos conocidos,
aunque esos fragmentos estén cargados de viejas heridas.
Si alguna vez te sentiste insuficiente,
vas a leer los gestos desde esa insuficiencia.
Si en algún momento el afecto fue inestable,
vas a interpretar cada distancia como una señal de pérdida.
Si aprendiste que el silencio anticipa abandono,
cada pausa se vuelve sospechosa.
No porque sea verdad,
sino porque es consistente con lo que ya viviste.
Y la coherencia, incluso cuando duele,
da una falsa sensación de orden.
Por eso muchas veces no vemos lo que pasa,
sino lo que creemos que está pasando.
No reaccionamos a los hechos,
sino a las interpretaciones que construimos sobre ellos.
Y en ese proceso, terminamos ocupando un lugar que no siempre es real:
el centro de escenas que no nos pertenecen.
Pero el otro también existe fuera de vos.
Tiene su historia, sus conflictos, sus procesos silenciosos.
Tiene pensamientos que no conocés,
decisiones que no pasan por tu presencia,
movimientos internos que no están dirigidos hacia vos.
No todo gesto es una respuesta a lo que sos.
No todo cambio es consecuencia de lo que hiciste.
No todo silencio es un mensaje cifrado que tenés que descifrar.
A veces, simplemente, no es por vos.
Y aceptar eso no es fácil.
Porque implica soltar una posición conocida:
la de ser causa.
Incluso cuando duele, ser causa da una ilusión de control.
Si todo tiene que ver con vos, entonces, de alguna manera, podrías haberlo evitado.
Pero cuando entendés que no todo pasa por vos,
también aparece otra verdad:
hay cosas que suceden sin que puedas intervenir.
Y eso, aunque libera, también desarma.
Sin embargo, en ese descentramiento empieza algo distinto.
Una forma más honesta de mirar.
Más amplia.
Menos cargada de suposiciones.
Menos atada a la necesidad de explicar todo en función de tu propia historia.
Porque crecer no es solo entender lo que te pasa.
También es aprender a reconocer
qué cosas no tienen que ver con vos.
A dejar de completar cada vacío con una hipótesis que te lastima.
A permitir que algunas cosas sean simplemente lo que son,
sin necesidad de traducirlas en rechazo, abandono o insuficiencia.
No todo es un mensaje.
No todo es una señal.
No todo es sobre vos.
Y tal vez, cuando dejás de ubicarte en el centro de todo lo que ocurre,
no desaparecés.
Al contrario.
Empezás a aparecer de una forma más real,
menos condicionada por lo que imaginás
y más en contacto con lo que verdaderamente está pasando.
Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)
Si este texto te hizo sentido, en el blog estoy escribiendo sobre todo esto con más profundidad.
Y si alguna vez sentiste que todo era por vos, incluso cuando no lo era, no estás solo.
