
A veces no es que no quieras volver.
Es que ya no sos el mismo que sabía cómo quedarse.
Lo que hubo fue real, sí.
Tuvo peso, tuvo forma, tuvo sentido en un momento que ya no existe.
Pero el tiempo, con su paciencia implacable, fue moviendo las piezas sin hacer ruido.
Y cuando mirás hacia atrás, algo no encaja.
No porque lo vivido haya perdido valor,
sino porque ya no hay en vos quien pueda sostenerlo de la misma manera.
Hay vínculos que pertenecen a una versión tuya que quedó atrás.
Formas de habitar el mundo que ya no encontrás dentro tuyo.
Y entonces aparece esa incomodidad difícil de nombrar.
No es rechazo.
No es olvido.
No es falta de amor.
Es otra cosa.
Es la conciencia, todavía incompleta, de que cambiaste.
Y que para volver, tendrías que dejar de ser quien sos hoy.
Por eso duele.
Porque no se trata de soltar algo externo,
sino de aceptar una transformación interna que no tiene marcha atrás.
Y hay verdades que, una vez vistas,
ya no permiten vivir igual.
