Hay decisiones que no cuestan por falta de ganas…
cuestan por todo lo que sabés que cambia después.
No es que no quieras.
Eso es lo que parece cuando lo mirás desde afuera,
cuando lo pensás rápido,
cuando intentás reducirlo a una falta de decisión.
Pero no es eso.
Porque hay cosas que no cuestan por lo que son,
cuestan por lo que implican.
Por todo lo que se mueve después.
Porque decidir no es solo elegir algo.
Es dejar de sostener otra cosa.
Es aceptar una pérdida.
Es asumir una consecuencia.
Es correrte de un lugar que, aunque ya no encaje,
todavía conocés.
Y eso pesa.
Porque lo desconocido no asusta solo por lo que es.
Asusta por lo que te obliga a dejar.
Por eso dudás.
No porque no veas.
No porque no entiendas.
Sino porque sabés demasiado.
Sabés lo que pasa si avanzás.
Sabés lo que cambia.
Sabés lo que ya no vuelve a ser igual.
Y en ese punto,
seguir igual parece más fácil.
Más cómodo.
Más seguro.
Pero no más verdadero.
Porque hay un momento en el que no decidir
también es una decisión.
Y quedarse
también tiene un costo.
Aunque no lo veas de inmediato.
Aunque no duela de golpe.
Aunque no rompa nada ahora.
No es que no quieras…
es que sabés lo que implica cambiar.
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Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)
