Prólogo.
“Durante el sueño la fantasía toma forma de sueños, pero en vida despierta, también continuamos soñando, por debajo del umbral de la consciencia”.
- Carl Gustav Jung.
¿Qué es la realidad?
Esa es, tal vez, la primera pregunta que me atraviesa antes de comenzar esta travesía.
Y no espero responderla.
Solo deseo dejarla vibrando en el aire, como una campana que, una vez que suena, ya no puede desoírse.
No es una pregunta para resolver.
Es una grieta.
Una puerta.
Un llamado a percibir que quizás, lo que damos por real…
no es más que un acuerdo colectivo, una costumbre de los sentidos, una repetición sin conciencia.
O tal vez —y esto me estremece pensarlo—, la realidad sea ese otro mundo que se nos escapa cuando dejamos de sentir.
La idea de escribir una novela me ronda desde hace años.
Una idea persistente, casi diaria, como un murmullo suave pero tenaz.
A veces me faltó coraje, otras veces me ganó la fatiga, la autocrítica o la vida misma.
Y así, durante mucho tiempo, escribir un libro fue uno de esos sueños postergados que uno guarda en la estantería de los “algún día”.
Pero los sueños no caducan.
Solo esperan.
Y creo —con cierta osadía y sin pruebas definitivas— que la vida no ocurre por azar.
No creo en la casualidad.
Creo en la sincronía.
Creo que todo se mueve en una espiral sagrada que danza a su propio ritmo.
Un ritmo que no siempre entendemos, pero que nos va llevando, nos guste o no, hacia aquello que está destinado a revelarse.
Hoy, después de un despertar que me marcó profundamente —no diré cuándo, ni cómo, porque algunos despertares son silenciosos—
hoy me encuentro en ese tiempo que durante años me negó su espacio.
Y decido, por fin, sentarme frente a las palabras como quien se sienta frente a un altar.
Lo que escribo no es solo una historia.
Es un cauce que brota desde un océano interior que, por mucho tiempo, me negué a navegar.
Pero el agua siempre encuentra por dónde salir.
Y aquí está.
Durante años me visitaron ideas, personajes, frases sueltas, imágenes.
Como si quisieran ser escritas, pero no todavía.
Todas ellas terminaron convertidas en bocetos inconclusos, en notas olvidadas, en garabatos dormidos en el fondo de un cajón.
Y hoy entiendo por qué:
no era el momento.
Lo que me impulsa a escribir no es solo el deseo de contar, sino la certeza de que el otro existe.
Quien lee estas líneas —ahora o en un tiempo que aún no sucede— es parte de esta danza.
Me conmueve profundamente esa magia humana de sentirnos cerca a través de palabras.
De habitar el mismo pensamiento desde distintas coordenadas, de cruzarnos en un punto invisible que ni el tiempo ni la distancia pueden tocar.
Siempre fui un poco “volador”, como suelen decirme.
Alguien con la cabeza llena de cielo, de preguntas, de mundos paralelos.
Pero gracias a eso encontré —y sigo encontrando— pequeños milagros.
Esos que aparecen cuando uno deja de pensar con la mente… y empieza a observar con el alma.
Este libro no tiene una forma cerrada.
No tiene un único género.
No sé si es una novela, un viaje iniciático, una conversación con el alma o todo eso junto.
Lo único que sé, es que no está escrito para entretener…
sino para despertar.
Hay momentos en los que la vida parece detenerse.
No del todo.
Sino lo justo como para que el alma se asome y pregunte en voz baja:
¿Y si todo esto no fuera lo que creemos?
Durante años, sentí que vivía entre dos mundos.
Uno, visible y cotidiano, hecho de relojes, edificios y palabras.
Otro… sutil, vibrante, apenas rozado por los sentidos.
Un mundo que se abría en los sueños, en los silencios prolongados, en los ojos de un desconocido, en el temblor de una intuición.
Un mundo que, a veces, dolía… pero que siempre me llamaba.
Este libro nació ahí.
En esa grieta entre lo real y lo invisible.
No como una historia que simplemente quería contar,
sino como una necesidad del alma:
ordenar lo vivido, lo sentido, lo revelado.
Las puertas de otro sentido no es solo una novela.
Es un mapa.
Un espejo.
Un ritual de pasaje para quien se atreva a mirar más allá de la forma.
Tomás —el protagonista— soy yo… y también podrías ser vos.
Él cruza dimensiones, pero más que eso, se cruza consigo mismo.
Con su historia. Con sus miedos. Con su sombra.
Y con una voz —la de Pleyón— que lo guía, pero que también lo confronta.
Porque el maestro nunca llega para darte respuestas, sino para recordarte las preguntas que tu alma ya sabía.
Este libro es, en esencia, una invitación.
A detenerte.
A sentir.
A recordar lo que sos más allá del nombre, del cuerpo y del tiempo.
No estás obligado a creer nada de lo que en estas páginas se dice.
Pero si alguna frase te estremece, si alguna parte del lenguaje singular, aunque sea una palabra, te resuena como un recuerdo antiguo,
entonces…
ya habrás cruzado una puerta.
Bienvenido/a.
Y que tu viaje comience.
Ramiro M. Castro
AmorEntreEstrellas
Si esta lectura te resonó, dejame tu comentario o seguime para acompañarme en el viaje, capítulo por capítulo.
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