Carta a mi propio Yo

Carta a mi propio Yo

A veces la vida no se despliega ante nosotros como un sendero claro que avanza dócilmente A veces la vida no se abre ante nosotros como un sendero claro que avanza dócilmente hacia el horizonte, sino como una lenta y vertiginosa caída hacia el interior de nosotros mismos. No es un camino recto ni una ruta trazada con la tranquilidad de las certezas: es, más bien, una montaña rusa del alma, un descenso inesperado que nos arroja hacia territorios interiores que jamás hubiéramos elegido recorrer de manera consciente.

Durante mucho tiempo uno cree que vive ascendiendo. Cree que la existencia consiste en construir, en acumular experiencias, en avanzar hacia metas visibles que parecen ordenar el sentido de los días. Pero hay épocas, inevitables, silenciosa, en las que la vida cambia de dirección sin pedir permiso y nos empuja hacia las profundidades de nuestro propio ser. No descendemos porque lo deseemos, sino porque algo en nuestro interior, una voz antigua, olvidada, casi primordial, exige mirar aquello que durante años hemos evitado enfrentar.

Es entonces cuando la vida nos conduce hacia lugares donde la luz apenas logra filtrarse. Espacios íntimos donde el silencio adquiere una densidad casi física y donde cada pensamiento resuena con una claridad imposible de ignorar. Allí emergen las preguntas que durante demasiado tiempo hemos postergado. Preguntas que no exigen respuestas rápidas ni soluciones inmediatas, sino algo mucho más difícil y más raro: una honestidad radical con uno mismo.

Porque en lo más profundo de cada ser humano existe un territorio oculto. Un paisaje interior donde conviven recuerdos enterrados, temores antiguos, sueños que se quebraron antes de encontrar forma y palabras que nunca tuvimos el valor de pronunciar. Es un lugar donde la memoria y la emoción se entrelazan lentamente, como raíces que se buscan bajo la tierra húmeda del tiempo.

Yo he atravesado esos infiernos.

He caminado por regiones tan oscuras de mí mismo que, por momentos, ni siquiera podía reconocer mi propia sombra. Lugares donde el tiempo parecía suspenderse y donde el peso de la existencia se sentía como una piedra inmóvil sobre el pecho, recordándome con su gravedad silenciosa que hay dolores que no se resuelven con explicaciones.

Y, sin embargo, sigo caminándolos.

Sigo descendiendo por esos pasillos invisibles del alma, buscando fragmentos de mí que quedaron detenidos en algún punto del pasado. Partes de mi historia que permanecen suspendidas en el tiempo, esperando ser miradas, comprendidas, integradas. Fragmentos que, de alguna manera misteriosa, desean volver a habitar este cuerpo que hoy intenta comprenderse.

Tal vez por eso tantas personas temen ese lugar.

Porque allí no existen máscaras.

No hay personajes.

No hay identidades cuidadosamente construidas para sobrevivir en el mundo.

Allí el ego pierde sus disfraces y queda en silencio. Allí se desvanece la ilusión de ser alguien frente a los otros. Solo queda el encuentro inevitable entre uno y su propio reflejo interior.

Es un territorio incómodo, sin duda. Un espacio donde la mente ya no puede escapar mediante distracciones ni anestesias.

Pero tarde o temprano, si de verdad queremos despertar, debemos atravesarlo.

No porque el dolor sea el destino inevitable de la existencia, sino porque el autoconocimiento casi siempre comienza en una grieta. En una fisura inesperada de la vida. En una caída que nos obliga a detenernos y mirar hacia adentro con una atención que antes no teníamos.

A veces el despertar comienza exactamente allí donde algo se rompe.

En una herida donde, de manera misteriosa, comienza a brotar una flor.

En un momento de derrumbe donde la vida nos devuelve, como un eco profundo, a lo esencial.

En ese instante preciso en el que dejamos de huir de nosotros mismos y nos sentamos, por primera vez, frente a nuestros propios fantasmas. No para luchar contra ellos, sino para reconocerlos. Para comprender que siempre estuvieron allí, esperando ser vistos.

Y es justamente en ese espacio, ese lugar donde parece que todo falta, donde todo parece vacío, donde algo nuevo comienza a revelarse.

Porque a veces el pozo no es una prisión.

A veces es un umbral.

A veces es el lugar exacto donde, después de tanto ruido, de tantas huidas y de tantos intentos de escapar de nosotros mismos, finalmente escuchamos algo que habíamos olvidado.

Nuestra propia voz.

Poema: Refugio o infierno.

Estoy en un pozo.
Un pozo hondo,

antiguo,

incierto.

Peleando contra esqueletos

que renacen del infierno

y a veces, simplemente

como por arte de magia,

desaparecen.

Me encuentro en mi refugio

buscando respuestas

que por siempre

estuvieron inconclusas.

Un recorrido largo

que ha dejado mis suelas gastadas

y mi cuerpo decrepito de tanto recorrido.

Me reduzco al espacio donde habitan
paredes húmedas y el eco
regresa siempre con la misma pregunta.

Soy yo entre mi propio silencio

peleando contra sombras

que ni siquiera sè con certeza,

si son mias.

Construidas con el tiempo

regadas entre dolores

y por cada espina

siempre

una nueva herida.

Aquí abajo el aire es escaso
y la respiración se vuelve pensamiento tormentoso,
un hilo frágil que tiembla
entre el miedo y la memoria.

Entre lo que no fue,

entre lo que quiza, nunca sera.

Atado a una herida

que nunca supe

que fue.

Un miedo irracional a lo desconocido.

Un ideal inalcanzable,

como las olas que el mas arrastra 

cuando vuelve hacia el oceano.

Grito ayuda

ahogado en mi propia afonia,

acudiendo al eco de lo que

alguna vez

trate de decir

y seguramente no pude.

Mi grito es como una palabra

que nunca

aprendio a ser.

Nadie me escucha.

No porque el mundo sea sordo,
sino porque he aprendido demasiado bien
el arte oscuro de mi propio silencio tortuoso.

Soy, en cierta forma,
víctima de mi inherente subjetividad:
ese que construí ladrillo a ladrillo
para no decir lo que al ego le dolìa,

lo que a mi consciencia le pesaba

lo que mi lucidez, intentaba ignorar.

Indago entonces
en las profundidades de mi consciencia.

Desciendo.

Paso a paso,
como quien baja por una escalera interior
hecha de recuerdos,

culpas

sueños inconclusos

errores

dudas,

incertidumbres,

dolores.

Encuentro sombras
que no sabía que habitaban en mí.

Pensamientos que respiran lento,
deseos que laten como animales dormidos
bajo la superficie de mi almohada.

Pero supongo, que mas temprano que tarde,

la vida encuentra su recorrido

y el destino, para todos, 

es inevitable.

Construyo mi propio hogar,

voy adentro mio solo para reconocerme

como un merito propio que se celebra a solas

y en silencio

y entender que mi Yo no es mi enemigo.

Que los enemigos no existen,

que solo habita la paz en nosotros

cuando reconocemos que el otro,

el otro, queridos,

tambien es uno

(y por tanto

un espejo)

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