Cuando la soledad es compartida

Hay una soledad que no tiene que ver con la ausencia de personas.
No depende del silencio de una habitación
ni del número de voces que nos rodean.
Es una soledad más profunda,
más antigua que cualquier despedida.
Habita en el centro mismo del ser humano.
A veces aparece en medio de la multitud,
cuando caminamos entre rostros que pasan
sin detenerse jamás en nuestra historia,
cuando las ciudades continúan su ruido
como si cada vida fuera apenas
una sombra fugaz entre miles.
Entonces comprendemos algo extraño:
que nadie, repito: nadie, conoce del todo
las batallas que libramos en silencio.
Nadie ha visto el peso de ciertos recuerdos,
ni la forma exacta que toma el miedo
cuando cae la noche
y la conciencia se queda sola consigo misma.
Cada hombre lleva un universo secreto.
Un territorio invisible
donde habitan sus preguntas,
sus pérdidas,
sus pensamientos más hondos.
Y en ese lugar, al que nadie más puede entrar,
aprendemos lentamente
a convivir con nuestra propia voz.
Tal vez por eso la soledad no es solo tristeza.
A veces es también una forma de verdad.
Un instante en el que dejamos de huir
del ruido del mundo
y empezamos a escucharnos.
Porque en lo más profundo de esa quietud
ocurre algo inesperado:
descubrimos que, incluso estando solos,
nunca estamos completamente vacíos.
Siempre queda algo dentro.
Una conciencia que observa,
una chispa que resiste,
una pequeña luz que permanece
aunque todo alrededor parezca oscuro.
Y quizá la vida consista en eso:
aprender a caminar por el mundo
sabiendo que la soledad es parte del viaje,
pero que, incluso en su silencio,
seguimos siendo
una llama encendida
en medio del universo.

«Entonces comprendemos algo extraño:
que nadie, repito: nadie, conoce del todo
las batallas que libramos en silencio».

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– Ramiro M. Castro

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