
«Hay dolores que no desaparecen.
Solo cambian la forma en la que habitan en vos«.
Sinceramente sí,
ya no hay por qué negarlo:
hay heridas
que duelen en el alma.
Heridas que, aunque uno no quiera,
aunque intente ignorarlas,
pareciera que con el paso del tiempo
mas se agrandan,
se expanden en silencio
bajo la sombra el interior,
como una grieta que avanza
sin hacer ruido
caminando despacito.
Hay heridas,
hay heridas que duelen en el alma,
como espinas
de flores marchitas,
frías,
clavadas en lo más denso del otoño,
donde todo cae,
donde todo se apaga.
Hay heridas,
porque siempre las hay,
inevitables,
persistentes.
Heridas que, si no las mirás de frente,
si no les das un lugar,
comienzan a cavar profundo,
a hundirse cada vez más
hasta tocar fondo,
como un puñal lento
que no mata,
pero desgarra.
Al punto en el que te hacen gritar,
no hacia afuera,
sino hacia adentro,
pidiéndote que las veas,
que están ahí,
que no se fueron,
que nunca se fueron,
que siguen creciendo
en lo más oculto de vos.
Algunas te hacen explotar
en llanto,
en enojo,
en un desborde que no entendés,
y otras, más silenciosas,
más crueles,
te dejan suspendido en la nada,
preguntándote,
en esas noches crudas,
frías,
interminables de soledad:
¿por qué a mí?
Hay heridas
que duelen en el alma,
y hay almas
que terminan doliendo heridas.
Por eso, es preferible
una herida en el alma,
que vivir por siempre
como un alma herida.
Ramiro M. Castro

Muy hermoso!!! Un fuerte abrazo
Muchas gracias! Te mando un abrazo enorme