Hay cosas que hacés…
y no son realmente por vos.
Hay cosas que hacés,
porque no siempre elegís desde lo que querés…
sino desde lo que necesitás demostrar.
No siempre se nota.
No siempre es evidente.
A veces se disfraza de decisión,
de elección,
de una aparente claridad sobre lo que querés.
Pero en el fondo…
hay algo más.
Una necesidad silenciosa,
persistente,
de confirmar que estás bien,
de asegurarte de que no estás fallando,
de sentir que encajás en algún lugar.
Y entonces empezás a moverte desde ahí.
Decís lo que sabés que va a ser aceptado.
Mostrás lo que creés que va a gustar.
Elegís caminos que garantizan reconocimiento…
aunque no te representen del todo.
Y con el tiempo, eso deja de ser consciente.
Ya no pensás en agradar.
Simplemente actuás desde ese lugar.
Como si una parte tuya necesitara, todo el tiempo,
una señal externa que confirme lo que sos.
Pero hay algo que rara vez se dice:
que la validación nunca alcanza.
Porque cuando viene de afuera,
no se sostiene.
Dura un momento.
Se siente bien un instante.
Pero después… vuelve a faltar.
Y entonces necesitás otra vez.
Otra aprobación.
Otra mirada.
Otra confirmación.
Y en ese ciclo, casi sin darte cuenta,
te vas alejando de vos.
De lo que realmente querés.
De lo que elegirías si nadie estuviera mirando.
De lo que harías si no tuvieras que demostrar nada.
Hasta que aparece una sensación difícil de explicar.
Como si todo estuviera en orden…
pero algo no cerrara.
Como si tu vida avanzara…
pero no te perteneciera del todo.
Y quizás no se trate de dejar de buscar validación de un día para el otro.
Y tal vez no se trate de hacer más…
sino de empezar a preguntarte
qué harías
si no necesitaras demostrar nada.
Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)
