Hay cosas que no entendés… pero no por eso dejan de estar.
Hay sensaciones que no se dejan traducir.
No encajan del todo en una emoción conocida,
no responden a una causa clara,
no tienen un origen que puedas señalar con precisión.
Simplemente están.
Aparecen en momentos inesperados,
se instalan sin pedir permiso,
y modifican la forma en la que percibís todo lo demás.
Y lo más desconcertante es eso:
que no sabés explicarlas.
No hay un motivo evidente.
No hay un hecho puntual que las justifique.
No hay una historia concreta que las sostenga.
Y sin embargo… pesan.
Pesan en la manera en la que respondés.
En el silencio que elegís en ciertas conversaciones.
En esa distancia sutil que empezás a sentir incluso en lugares conocidos.
Intentás entenderlo.
Le das vueltas.
Buscás causas, razones, explicaciones que ordenen lo que sentís.
Pero no siempre aparecen.
Y ahí es donde se vuelve incómodo.
Porque estamos acostumbrados a creer
que todo lo que nos pasa debería poder explicarse.
Que si algo pesa, es porque hay una razón clara detrás.
Pero no siempre es así.
Hay cosas que se gestan en capas más profundas.
En zonas de vos que no son del todo accesibles,
que no responden a la lógica inmediata,
que no se dejan nombrar con facilidad.
Y aun así… existen.
Se manifiestan en pequeñas incomodidades.
En una inquietud que no se va.
En una sensación de desajuste que no sabés bien cómo resolver.
No porque haya algo mal, necesariamente.
Sino porque no todo lo que se mueve en vos
necesita ser entendido para ser real.
A veces, lo que sentís no busca explicación.
Busca espacio.
No todo lo que sentís tiene sentido inmediato…
pero eso no lo hace menos verdadero.
Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)
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No todo lo que pesa en vos necesita explicación…
a veces solo necesita ser escuchado.
Hay cosas que no se pueden explicar… pero igual te cambian.