Hay algo que todavía no terminás de aceptar.

No es a esa persona a quien extrañás.
Y en el fondo…
ya lo sabías.
Porque si lo pensás sin anestesia,
sin nostalgia…
sin maquillaje emocional,
sabés que no volverías a vivir muchas de las cosas que viviste.
Las dudas.
Las ausencias.
Esa forma de sentirte menos
aunque estuvieras acompañado.
Y sin embargo…
hay algo que te sigue tirando hacia atrás.
Hay vínculos que no duelen por lo que fueron… sino por lo que creías que iban a ser.
Pero no es la persona.
Es lo que eras cuando estabas ahí.
La versión tuya que creía.
La que esperaba.
La que todavía no estaba rota en ciertas partes.
No extrañás a la persona. Extrañás la versión tuya que existía ahí.
Extrañás la ilusión de que todo podía ser distinto.
Extrañás la historia que te contabas para quedarte.
Extrañás la forma en la que mirabas…
antes de empezar a ver con claridad.
Y eso duele más que cualquier despedida.
Porque implica aceptar
que no solo perdiste a alguien.
Perdiste una versión de vos.
A veces soltar no es perder a alguien. Es dejar de perderte a vos.
Y recuperar eso…
no es volver.
Es transformarte.
Pero para eso, primero tenés que dejar de mentirte.
Y dejar de llamar amor
a lo que solo fue costumbre, apego… o miedo a soltar.
Y lo sabías.
Siempre lo supiste.
Hay algo que todavía te cuesta soltar… y no es la persona.
¿Sabés qué es realmente? Comentame!
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