A veces, sin darnos cuenta, ignoramos lo que nos pasa…

No superaste… dejaste de pensar
Durante el día estás bien.
O al menos eso parece.
Te ocupás.
Te distraés.
Seguís.
Pero a la noche…
vuelve.
No de golpe.
No con intensidad.
Sino de esa forma sutil
en la que aparecen las cosas que no resolviste.
Un pensamiento.
Una sensación.
Un recuerdo que no pediste.
Y ahí entendés algo que durante el día evitás:
que no todo está tan cerrado como decís.
Porque hay heridas que no se van.
Se silencian.
Se acomodan en algún lugar interno
donde no molesten demasiado.
Pero siguen ahí.
Esperando el momento en el que bajás la guardia.
Como ahora.
Y entonces aparece esa incomodidad difícil de explicar.
Esa mezcla de nostalgia, vacío… y algo más.
Algo que no terminás de nombrar.
Porque no es solo lo que pasó.
Es lo que no dijiste.
Lo que no hiciste.
Lo que todavía, en el fondo,
no aceptaste.
No lo superaste. Solo aprendiste a no tocarlo.
Y eso funciona.
Durante el día.
Pero a la noche… no.
Porque cuando todo se apaga,
no hay distracción que alcance.
Y lo que evitaste
empieza a hacerse presente.
No para lastimarte.
Sino para recordarte
que sigue ahí.
Hay cosas que no duelen porque volvieron…
duelen porque nunca se fueron.
Y quizás lo más difícil
no es sentirlo.
Es aceptar
que todavía te afecta.
Y en el fondo…
ya lo sabías.
Si este texto te gustó, quizá también pueda interesarte:
– No es que te falte algo… es que te alejaste de vos
– No es que no entiendas… es que no querés aceptar lo que ya sabés
– 5 señales de que no sanaste… solo aprendiste a convivir con lo que te dolía
Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)
