Vacíos

Tengo un vacío que me quema desde el fondo,
un incendio que no logro silenciar,
mis ojos hundidos de misterio,
refugio de un dolor que no sé cómo nombrar.

Cada suspiro es un eco perdido,
una llama que consume lo que queda,
y en cada paso, el alma se desliza,
entre sombras que ya no sé si son mías.

La quietud me grita en el silencio,
y la luz se escapa entre mis dedos,
soy un espectro que busca respuestas
en un mundo que se deshace a sus pies.

El viento lleva mis recuerdos,
como hojas secas arrastradas al abismo,
y aunque clame, no habrá respuesta,
solo el eco vacío de lo que nunca fui.

La mente se desangra en pensamientos rotos,
el alma, como un río estancado,
arrastra la esperanza hasta el fondo,
donde ya no hay luz que guíe ni sombra que ampare.

La depresión es un eco en la caverna del ser,
un murmullo que ahoga el grito del alma,
y cada día se convierte en un desgaste,
como una vela que arde sin sentido.

El límite se percibe como una pared invisible,
que aprieta, que cierra, que consume,
y aunque busco, aunque anhelo,
no encuentro más que el vacío que me habita.

Pero aún así, en este abismo,
algo queda, una chispa pequeña,
que aunque se apaga y se reinicia,
es prueba de que, tal vez, existe un sentido
en el acto mismo de seguir buscando.
– Vacíos.

Ramiro M. Castro.

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