La grieta que no se cierra

La grieta que no se cierra

Hay un abismo que atraviesa la existencia humana.
Una grieta invisible, pero latente, que se abre en el pecho de todo aquel que, alguna vez, ha intentado encontrarle sentido a la vida.

Freud la llamó «maldición del deseo»: ese anhelo que nunca termina de colmarse, esa falta que insiste y nos empuja a seguir buscando, incluso sin saber exactamente qué. Según él, la vida misma es una danza con la insatisfacción; un intento constante de tapar con cosas, personas o logros, eso que, en el fondo, siempre va a faltar.

Lacan lo explicó con más crudeza aún: el sujeto humano está marcado, desde su origen, por la falta. No somos seres completos. Nuestra identidad se construye alrededor de un agujero, de un vacío, de algo que no está. Y aunque el mundo moderno nos repita que “todo es posible”, que “todo puede alcanzarse”, lo cierto es que hay ausencias que no se llenan jamás.

Vivimos rodeados de espejismos. Creemos que el amor nos va a reparar, que el éxito nos va a dar valor, que el reconocimiento social nos va a completar. Pero en cada conquista, en cada intento, lo único que encontramos —si somos sinceros con nosotros mismos— es la misma grieta de siempre, disfrazada con nuevas formas.

¿Es esto una tragedia?
No necesariamente.

Aceptar la falta no es rendirse al dolor; es, más bien, un acto de profunda valentía. Es renunciar a la ilusión de que, en algún momento, todo encajará. Es aprender a convivir con el sinsentido, a sostener la herida y darle más importancia a los interrogantes que a las respuestas. Como digo siempre: a veces es más importante sostener preguntas que buscar respuestas.

Quizás la verdadera sabiduría consista en dejar de huir de la grieta y, en cambio, mirarla de frente. Entender que lo que falta no es un error del sistema, sino la condición misma de estar vivos, porque eso eso.

La grieta no es enemiga. Es, en realidad, el espacio donde nacen los grandes movimientos del alma: la creación, el amor auténtico, el deseo genuino de crecer. El camino es, entonces, amigarnos con la grieta íntrinseca de la vida y habitar la falta como una condición autentica de la existencia.

No todo puede repararse.
Y, tal vez, ahí esté la clave: en aceptar que estamos rotos… y que eso también es humano.

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