No fue un quiebre… fue un desgaste silencioso

Una acumulación silenciosa de pequeñas cosas que fuiste dejando pasar.

Hay cosas que no empiezan a doler cuando ocurren… empiezan a doler cuando ya es tarde.

No hubo un instante preciso en el que todo se quebró.
No existe, si uno lo busca con honestidad, una escena nítida que funcione como origen, como punto de inflexión, como ese momento que pueda señalarse y decir: ahí empezó a romperse todo.

Fue más sutil que eso.
Más difuso.
Más difícil de detectar.

Como ocurre con ciertas formas del desgaste, no irrumpió: se fue insinuando.

Al principio fue apenas una incomodidad leve, casi imperceptible, algo que no terminaba de encajar pero que todavía podía ser tolerado.
Una sensación que se deslizaba por debajo de lo cotidiano, sin alterar demasiado la superficie de las cosas.

Y entonces seguiste.

Porque lo mínimo no alarma.
Porque lo pequeño no interrumpe.
Porque siempre hay una explicación posible para aquello que incomoda apenas lo suficiente como para ser ignorado.

Pero hay algo en la experiencia humana que no olvida.

El cuerpo registra.
La mente acumula.
Y hay una zona más profunda, menos racional, más silenciosa, que guarda incluso aquello que decidimos no mirar.

Te fuiste adaptando.

A formas que no terminaban de representarte.
A silencios que elegiste para evitar tensiones.
A gestos que repetiste sin preguntarte demasiado si todavía tenían sentido.

No fue una renuncia explícita.
Fue una serie de pequeños desplazamientos.

Un corrimiento casi imperceptible de lo que eras hacia una versión más funcional, más soportable, más acorde a lo que la situación pedía…
pero cada vez más distante de lo que, en algún momento, te resultaba verdadero.

Y así, sin darte cuenta del todo, empezaste a habitar una forma que ya no coincidía con vos.

No de manera abrupta.
No con violencia.
Sino con esa lentitud engañosa con la que ciertas cosas se transforman sin anunciarse.

El desgaste no grita.

No exige.
No interrumpe.

Se instala.

Se vuelve hábito.
Se naturaliza.

Y cuando finalmente se hace visible, ya no aparece como algo reciente, sino como algo que viene ocurriendo desde hace demasiado tiempo.

Entonces aparece el cansancio.

Pero no como una emoción puntual, sino como una condición.
Como un fondo constante.
Como una sensación difícil de ubicar, pero imposible de negar.

Un cansancio que no responde a lo que hiciste,
sino a todo lo que fuiste sosteniendo sin darte cuenta.

Y ahí es donde suele aparecer la confusión.

Porque no hay un hecho concreto al que aferrarse.
No hay un evento claro que explique del todo lo que sentís.

Pero hay una certeza difusa que insiste.

Algo no está bien.
Algo no coincide.
Algo, en algún punto, se desvió.

Y quizás no se trate de buscar el momento exacto en el que todo empezó a desgastarse.
Tal vez eso ya no importe.

Tal vez lo importante sea reconocer que hubo un proceso.

Que no te rompiste de golpe.
Que no fallaste en un instante.
Que no hubo un error aislado que explique todo lo que ahora pesa.

Hubo, en cambio, una acumulación.

Una serie de pequeñas decisiones, omisiones, adaptaciones y silencios que, por separado, no parecían significar demasiado…
pero que juntas terminaron construyendo una distancia.

Una distancia entre lo que sos
y lo que venís siendo.

Y esa distancia, cuando se vuelve consciente, ya no se puede ignorar.

No porque sea dramática.
Sino porque es real.

Y lo real, aunque tarde en aparecer, siempre termina imponiéndose.

No te rompiste en un momento…
te fuiste alejando de vos en muchos.

Ramiro M. Castro (Amor Entre Estrellas)


Hay dias en los que existir pesa más de lo habitual

No es que no te importe… es que estás cansado de sentir siempre lo mismo

No es el mundo: es el momento en que el filtro cambia

Si esto te resonó… quizás no es que estés mal,
quizás es que ya no podés seguir igual.


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