La costumbre de postergar la propia vida

Hay una forma de perderse que no hace ruido…
y consiste en dejarse siempre para después.


Hay una forma de desaparecer que no deja huellas.

No es un abandono visible,
no es una ruptura que pueda señalarse con claridad,
ni un acto repentino que marque un antes y un después.

Es más discreta.

Sucede de a poco,
en decisiones mínimas,
en renuncias que parecen insignificantes,
en elecciones que, en el momento, se justifican con facilidad.

Empieza cuando decís “después”.

Después lo hago.
Después me ocupo.
Después voy a ver qué quiero realmente.
Después me doy ese tiempo.

Y ese “después”, que en un principio parece inofensivo,
se vuelve costumbre.

Se instala.

Se repite.

Hasta que, sin darte cuenta,
tu vida empieza a quedar siempre en segundo plano.

No porque no te importe,
sino porque siempre hay algo más urgente,
más razonable,
más inmediato.

Y así, entre lo necesario y lo conveniente,
lo propio se va desplazando.

No desaparece de golpe.
Se posterga.

Se corre apenas un poco hacia adelante…
y ese pequeño movimiento, repetido una y otra vez,
termina por convertirlo en algo lejano.

Algo que ya no sabés bien cuándo ibas a empezar.

Y lo más extraño es que todo, desde afuera, parece estar en orden.

Cumplís.
Respondés.
Sostenés lo que hay que sostener.

Nadie podría decir que algo está mal.

Pero hay una diferencia silenciosa
entre vivir
y cumplir con lo que se espera de vos.

Y esa diferencia, cuando se acumula, pesa.

No como una carga evidente,
sino como una incomodidad difusa,
como una sensación de estar siempre un poco ausente,
como si hubiera una parte tuya
que quedó esperando en algún lugar
al que nunca terminás de volver.

Porque postergar la propia vida
no es dejar de vivir.

Es vivir sin habitarte del todo.

Es estar,
pero no presente.

Es avanzar,
pero sin dirección propia.

Y hay algo profundamente inquietante en eso:

el tiempo no se detiene mientras decidís cuándo empezar.

Sigue.

Avanza.

Se acumula.

Y cada día que pasa,
lo que ibas a hacer “después”
se convierte en algo más difícil de recuperar.

No porque ya no sea posible,
sino porque ya no sos el mismo que lo pensó por primera vez.

Y entonces, en algún momento,
aparece una pregunta inevitable:

cuántas cosas que considerás tu vida
las elegiste realmente…
y cuántas simplemente fueron el resultado
de haber postergado lo propio
hasta que dejó de tener lugar.

No hay respuesta inmediata para eso.

Y quizá no haga falta.

Pero hay algo que sí empieza a volverse evidente:

que la vida no siempre se pierde en grandes decisiones,
ni en errores evidentes,
ni en caminos equivocados.

A veces se pierde en algo mucho más sutil.

En la costumbre de dejarse para después.

No siempre te alejás de tu vida de golpe…
a veces lo hacés cada vez que elegís dejarte para después.


Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)

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