Hay un momento en el que no te rompés…
te cansás de sostener lo que no es verdad.
No es un quiebre.
No hay estruendo,
ni un instante preciso que marque el antes y el después.
Es más tenue.
Más silencioso.
Más parecido a un desgaste que se vuelve irreversible.
Porque durante mucho tiempo pudiste.
Pudiste adaptarte,
justificar,
postergar lo que sentías
para que todo siguiera funcionando.
Pudiste habitar lugares que ya no eran tuyos
como si todavía lo fueran.
Pudiste sostener palabras que no te representaban,
respuestas que no nacían de vos,
formas de estar que, en el fondo,
ya te resultaban ajenas.
Y sin embargo… lo hiciste.
No por ingenuidad,
sino por necesidad.
Por no romper.
Por no perder.
Por no enfrentarte a eso que aparece
cuando dejás de sostener lo conocido.
Pero todo eso tiene un límite.
No un límite externo.
Uno interno.
Un punto en el que ya no se trata de poder o no poder.
Sino de querer.
Porque hay un momento en el que fingir
deja de ser una estrategia…
y empieza a sentirse como una traición.
No a los demás.
A vos.
Y eso no estalla.
Se acumula.
En pequeños gestos.
En respuestas que se acortan.
En silencios que se alargan.
En esa incomodidad persistente
que ya no se puede explicar…
pero tampoco ignorar.
Hasta que un día
no es que no puedas más.
Es que ya no querés.
No querés seguir actuando lo que no sos.
No querés sostener lo que ya no sentís.
No querés continuar en algo
que, en el fondo,
ya se desarmó.
Y ahí, aunque no lo parezca,
empieza algo más verdadero.
No es agotamiento…
es honestidad empezando a aparecer.
Si este texto te resonó, quizá tambien te interese leer:
No estás cansado… estás saturado de todo lo que no decís
5 cosas que ya sabés… pero seguís evitando
No es que no puedas dormir… es que hay algo que no querés pensar
Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)
