Te costó batallar y seguir.
Te costó el silencio
de morir por dentro
y siempre fingir.
Te costó levantarte algunas
mañanas donde la tristeza
tocaba las puertas
de tu cabeza
y parecía que la vida
era el suplicio
del que todos siempre escapan.
Te costó.
Tanto.
Todo.
Pero ahí vas,
con una sonrisa
en la cara y haciendo
como que todo va bien.
Porque si hay algo que sabes,
es que,
más allá de los dolores,
las circunstancias
o las dificultades,
vos siempre podés
y vas a poder.
Porque aprendiste
que la mente a veces miente,
que no todo lo que duele
es eterno,
y que incluso el miedo
puede disfrazarse de verdad.
Aprendiste
que los abismos más profundos
no siempre son para caer,
sino para descubrir
qué tan hondo puede llegar tu alma
sin perderse del todo.
Y que hay heridas
que no cicatrizan,
pero sí enseñan
a caminar más liviano.
Al final, entendiste
que vivir no es ganar todas las batallas,
sino abrazar con humildad
la belleza de seguir
intentándolo.
Aunque tiemble el corazón,
aunque duela la memoria,
aunque a veces no encuentres
ningún sentido lógico.
Vos seguís.
Porque tu esencia
nació para resistir
y florecer,
a pesar de todo.
