
Hay días en los que no ocurre nada extraordinario.
El mundo continúa con su ritmo habitual, casi mecánico, como si obedeciera a una lógica que no se detiene a registrar a quienes lo atraviesan.
Las horas se suceden con una regularidad tranquila, sin sobresaltos, sin quiebres, sin acontecimientos que justifiquen ningún tipo de inquietud.
Todo, en apariencia, está en su lugar.
Y, sin embargo, algo pesa.
No es la vida, en su sentido más visible.
No es un problema concreto, ni una pérdida reciente, ni una herida abierta que explique ese espesor que, sin aviso, se instala en el cuerpo como una presencia tenue pero persistente.
Es otra cosa.
Más sutil.
Más íntima.
Más difícil de decir sin que el lenguaje se vuelva insuficiente.
Pesa existir.
Pesa esa conciencia continua de estar siendo.
Ese registro ininterrumpido de uno mismo que no se apaga, que no concede pausas reales, que permanece incluso en los momentos en los que todo parece calmarse.
Porque no hay un afuera de uno.
No hay un lugar al que retirarse donde la propia percepción no acompañe, donde lo que se ha comprendido, aunque no se haya querido, deje de ejercer su influencia.
Y eso, en su silencio, agota.
No hay ruido, pero hay saturación.
No hay caos, pero hay una densidad que se filtra en cada gesto, en cada pensamiento, en cada instante que antes pasaba sin dejar rastro.
Es el peso de sostenerse.
De habitar una identidad que no puede desarmarse a voluntad.
De cargar con una forma de ver el mundo que ya no admite la ingenuidad anterior, esa ligereza casi inconsciente con la que alguna vez se transitaban los días.
Porque hay comprensiones que no retroceden.
Quedan.
Se adhieren a la mirada.
Alteran el modo en que todo aparece.
Y vuelven imposible esa forma más liviana de estar, en la que no todo era interpretado, en la que no todo tenía un trasfondo, en la que la experiencia no estaba tan atravesada por la propia conciencia.
Entonces la vida sigue.
Pero no igual.
Se vuelve más nítida, más cargada, más intensa en su significado, incluso cuando no se la busca de ese modo.
Y en esa misma claridad que a veces ilumina,
también aparece el desgaste.
No porque algo esté fallando.
Sino porque ser, con todo lo que implica,
también tiene un peso.
Un peso que no siempre se puede explicar,
pero que se siente.
Como una presencia constante.
Como una profundidad que no se elige, pero tampoco se puede evitar.
Y quizás no haya nada que resolver ahí.
Quizás no se trate de aliviarlo, ni de entenderlo del todo.
Tal vez se trate, simplemente, de reconocer que hay momentos en los que existir deja de ser liviano…
y empieza a sentirse.
Porque no siempre duele lo que pasa…
a veces pesa la lucidez de estar.
Ramiro M. Castro (Amor Entre Estrellas)
Si mi texto tocó alguna fibra de vos, quizá también te interese leer:
Las identidades que abandonamos

La existencia y su peso…
Leise Melancholie ~ weich, warm, sehnsüchtig ~ ereilt mich beim Lesen deiner Zeilen, beim Hören dieser wunderbaren Musik.
Qué hermoso leerte…
saber que mis palabras pueden rozar esa melancolía suave que no duele, sino que recuerda.
Gracias por sentirlo así, por habitar mis líneas con tanta sensibilidad.
A veces escribir es eso… dejar una emoción suspendida esperando encontrar a alguien que la reconozca.
Ja, so ist es wohl; ich empfinde ebenso.
Hi there. Thank you for visiting and following HoB. Much appreciated!
Thank you! hugs friend an welcome!