La verdad que ya sabías (pero elegiste no mirar)

A veces no es confusión… es resistencia a ver lo que duele.

Tu mente no siempre dice la verdad… pero igual le creés.

Hay verdades que no irrumpen como un relámpago ni se anuncian con estruendo.
No llegan como revelaciones gloriosas ni como epifanías limpias.

Se deslizan.

Se filtran en la conciencia con la paciencia de lo inevitable,
como una humedad invisible que, sin pedir permiso,
va tomando las paredes internas hasta dejarlas marcadas para siempre.

Al principio es apenas una incomodidad difusa,
una leve disonancia en lo cotidiano,
un desajuste imperceptible entre lo que vivís
y lo que, en algún rincón profundo, sabés que debería ser.

Después se vuelve insistente.
No grita, pero tampoco calla.

Se presenta en los silencios,
en los momentos donde ya no hay distracciones que anestesien,
en esa pausa incómoda donde la realidad se desnuda
y te enfrenta, sin ornamentos, con vos mismo.

Es ahí donde aparece.

Esa certeza sorda.
Esa intuición que no necesita pruebas
porque está hecha de algo más antiguo que la razón.

Y vos lo sabés.

Lo sabés con una lucidez que incomoda,
con una claridad que no admite escapatoria.

Sabés cuándo algo ha dejado de pertenecerte,
cuándo un vínculo se sostiene por inercia
y no por verdad,
cuándo tus gestos son apenas la repetición mecánica
de una historia que ya no respira.

Sabés cuándo estás forzando lo que ya no fluye,
empujando lo que se resiste,
insistiendo donde lo vivo ya se ha retirado en silencio.

Sabés cuándo te quedás.

No por amor,
sino por hábito.

Por miedo.

Por esa obstinación humana de aferrarse
a las ruinas de lo que alguna vez tuvo sentido,
como si en la repetición pudiera revivirse lo perdido.

Pero no lo aceptás.

Porque aceptar no es un acto inocente.
Aceptar es un movimiento irreversible.

Es abrir una puerta que no garantiza retorno.
Es permitir que algo muera sin negociar su resurrección.

Y eso duele.

Duele como duelen las pérdidas que no pueden maquillarse,
como duelen las despedidas que no tienen testigos
ni palabras suficientes.

Aceptar implica atravesar el vacío.

Ese territorio inhóspito donde ya no queda nada
de lo que sostenía tu identidad,
donde las certezas se desmoronan
y solo queda la intemperie de lo real.

Entonces dudás.

Te narrás historias más amables.
Te ofrecés versiones más tolerables de lo que ocurre.

Te decís que todavía hay algo,
que quizás no está todo dicho,
que tal vez, con el gesto adecuado,
con la paciencia suficiente,
con un poco más de fe,
lo que se deshizo podría recomponerse.

Pero en el fondo…

muy en el fondo…

hay un saber que no negocia.

Un saber silencioso, casi cruel en su honestidad,
que no busca consolarte
ni protegerte de la verdad que ya reconociste.

Y es ese saber el que te quita la paz.

Porque la inquietud no nace de la ignorancia,
sino de la evidencia negada.

No es la falta de respuestas lo que desgarra,
no es la incertidumbre lo que pesa.

Es tener la respuesta alojada en el cuerpo,
inscripta en cada gesto,
latente en cada intento fallido de sostener lo insostenible…

y, aun así,
elegir no mirarla.

Ahí es donde comienza el verdadero conflicto.

No entre vos y el mundo,
ni entre vos y el otro,

sino entre lo que sabés
y lo que todavía insistís en no aceptar


Si este texto te resonó, quizá también pueda interesarte:

– No todo lo que te duele es por lo que está pasando ahora

– No todo lo que callás es porque no sabés decirlo… a veces es porque sabés demasiado

– Hay partes tuyas que no sanaron… solo aprendieron a funcionar rotas

– Ramiro M. Castro (AmorEntreEstrellas)

Un comentario sobre “La verdad que ya sabías (pero elegiste no mirar)

Deja un comentario