
Hay momentos en los que algo deja de doler…
y no sabés bien por qué.
Hay cosas que antes te atravesaban por completo.
No de una manera superficial, sino con esa intensidad que desordena, que ocupa el pensamiento, que se instala como una presencia constante incluso cuando intentás apartarla. Situaciones, palabras, gestos que se repetían en la mente con una persistencia casi obstinada, como si algo en vos necesitara comprenderlas hasta agotarlas.
Hoy no ocurre del mismo modo.
Y eso, lejos de tranquilizar, a veces desconcierta.
Porque uno tiende a pensar que si algo deja de doler con la misma fuerza, entonces perdió importancia. Como si la intensidad fuera la medida del valor. Como si solo aquello que hiere profundamente tuviera un lugar verdadero en la experiencia.
Pero no siempre es así.
Hay transformaciones que no se anuncian.
No llegan como una decisión clara ni como una conclusión elaborada.
Ocurren de otro modo.
Se van gestando en silencio, en capas más profundas, en ese nivel donde las cosas empiezan a acomodarse sin necesidad de ser pensadas.
Y un día, sin que puedas señalar el momento exacto en que sucedió, notás la diferencia.
Lo que antes te desbordaba, ahora apenas roza.
Lo que antes exigía una explicación, ahora se deja pasar.
Lo que antes dolía, hoy ya no encuentra en vos el mismo lugar donde sostenerse.
No porque haya cambiado lo externo.
No porque el mundo se haya vuelto más amable o más claro.
Sino porque hay algo en tu forma de estar que ya no es la misma.
Y eso introduce una sensación extraña.
No es indiferencia, aunque pueda parecerlo.
No es olvido, aunque algo haya quedado atrás.
No es falta de sentimiento.
Es otra cosa.
Es la evidencia, todavía silencios, de que ciertas experiencias ya no logran alcanzarte de la misma manera, porque ya no sos exactamente quien eras cuando ellas tenían ese peso.
Y en ese desplazamiento hay, a la vez, pérdida y alivio.
Pérdida, porque algo de la intensidad anterior ya no está.
Alivio, porque esa intensidad tampoco era sostenible.
Quizás ahí se revele algo que cuesta aceptar:
no todo lo que deja de doler deja de importar.
A veces simplemente deja de doler porque ya no encuentra en nosotros el mismo punto de apoyo.
Y entonces, en lugar de la intensidad, aparece otra forma de experiencia.
Más sobria.
Más silenciosa.
Menos urgente.
Pero, en cierto sentido, más verdadera.
Porque hay cosas que no dejan de importar…
simplemente dejan de doler en el mismo lugar.
Ramiro M. Castro (Amor Entre Estrellas)
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